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¿Qué se puede decir sobre los necios?. Que no nacen, se hacen.

Un amigo nunca te diría: Me debes una

Muerte y dignidad


 

Dos palabras, eutanasia y suicido, ambas a lo largo de la historia eran una sola, quitarse la vida. Es cierto que el pueblo tiene mayor comprensión hacia esas personas con una enfermedad incurable, sobre todo, si pasaban ya de los sesenta años, que no con la muerte auto infligida por jóvenes. Es fácil de comprender que matarse cuando ya no hay perspectiva real de futuro y el presente supone un sufrimiento diario, no es lo mismo que tomar esa decisión por desengaños amorosos, depresiones u otras formas de insatisfacción, en jóvenes. De estas divergencias entre una manera y otra de morir, surgió, como era de esperar, una diferencia de criterio, que en nuestros tiempos llamamos eutanasia y suicidio. Podríamos decir que eutanasia se diferencia de suicidio en que el primero carece de futuro. Por su parte, el suicida piensa que la existencia para él no tiene sentido, que viene a ser algo parecido al sentimiento dentro de la eutanasia, aunque haya como ya he mencionado, divergencias reales entre un caso u otro.

Veamos ahora cómo ha entendido nuestra sociedad el suicidio en los últimos dos mil años.


Un par de organizaciones han dominado el mundo a lo largo de nuestra historia, la religión y los reyes, pues bien, para ambos el suicidio era algo repudiable, la sociedad monárquica con su séquito de nobles, tenían leyes para castigar a los suicidas que no lograban su objetivo, para ello, les daban una buena paliza y después pasaban un tiempo en un calabozo, a veces, con un cepo en los pies y el cuello. Es interesante saber que cuando estos monarcas iniciaban una guerra, reclutaban por las buenas o por las malas a toda persona suficientemente fuerte para ir a otro país a matar o morir. Si alguien no deseaba ir a la guerra se le consideraba desertor y de ser apresado le cortaban las orejas o la nariz, le marcaban con un hierro candente en la frente o iba a la cárcel por años. De esto se desprende que los reyes pensaban que la vida de sus súbditos les pertenecía. De otro lado, tenemos a la religión cristiana y musulmana, que no dejan enterrar en suelo sagrado a los suicidas, cayendo de esta manera el deshonor a toda la familia. Si el suicidio fallaba, esa persona era excomulgada, con toda la lacra social que esto implicaba, no obstante, estas dos religiones no tuvieron inconveniente en pedir la vida a los demás para entrar en guerra contra otros países de otras creencias, a las que hipócritamente llamaron guerra santa.

Desde el principio de nuestras sociedades, el individuo ha tenido y tiene el derecho a la vida, esto hoy día está inscrito en todas las constituciones como hecho natural e inalienables del hombre, por lo tanto, si tiene derecho legítimo a su vida, también debería tenerlo a su muerte. Si somos responsables de nuestros actos, es porque lo somos de nuestra propia vida y por lo tanto, de nuestra muerte.

 


Muerte y dignidad

Tal y como he dejado claro, vivir o dejar de hacerlo es únicamente competencia de la propia persona y de su sentido de la dignidad. Todos hemos oído casos donde un mayor queda varado en su casa atendido durante años por los familiares que lo mueven alimentan y limpian. Es posible que otro tipo de personas tenga otro tipo de dignidad y no se vean a sí mismos en esa situación, dejando que les lleven al aseo y les limpien después. Debemos respetar la dignidad de los demás y si hay quien no desea ser una carga para sus hijos, poniendo fin a su vida, nadie puede reprocharles su manera de actuar. Recordemos esas enfermedades para las que no se tiene cura, si el paciente no desea seguir viviendo, nadie tiene derecho a impedir su voluntad.

Despertar por la mañana con dolor, seguir con él el resto del día y a veces, hasta la noche, sin esperanza debido a la edad, puede incitar a tomar la decisión de poner fin al sufrimiento.

Hay personas que temen la muerte, otras no, los primeros se agarrarán a la vida todo lo que su cuerpo y la asistencia sanitaria les permite. Esto, como vengo diciendo, es muy personal.

Los parientes que cuidan personas mayores con mala salud, no puede gustarles, por mucho amor que se les tenga, si hablamos de años, aunque cara a la sociedad mantengan otra postura. De otro lado, nos encontramos con familiares que teniendo una actitud egoísta se agarran a sus padres con tal fuerza, que a éstos les resulta difícil pensar en la muerte y su dolor se prolongará por más tiempo. Todo esto podemos encajarlo en la eutanasia, pero, ¿qué pasa con el suicidio?.

Muchos adolescentes e incluso niños, se suicidan, la mayoría al escuchar estas noticias siente lástima y piensa, posiblemente con razón, que ha sido una mala decisión, ya que hay una vida por delante. Todo esto es cierto, pero, también lo es, que el ser humano tiene derecho a equivocarse y en consecuencia a pagar por sus errores. Una educación sobre el suicidio impediría muchas muertes y con esto me refiero a aprender, no a la amenaza de la sociedad o las ideas de la religión oficial. A todo esto, los parientes más allegados se sienten mal, ante la opinión de los demás y de sí mismos, creyendo con o sin razón, que podrían haber evitado esa desgracia. Si ahondamos más, veremos que, hasta en el suicidio se dan casos extremos que podrían justificarse, como el de una niña violada por su padre durante años u otros niños huérfanos debido a una guerra y maltratados continuamente por personas extrañas. Hay que ponerse en la piel de los suicidas para poder ver su angustia y luego, cada cual, tener su propia opinión.


Miedo a la muerte

El miedo a morir es muy fuerte en algunas personas, logrando con ello que su día a día por desagradable que sea, les resulte preferible a su propio miedo. Un refrán indica bien lo dicho: ….más vale lo malo conocido, que lo bueno por conocer. Los hay que no opinan lo mismo. Como reconocer que se tiene miedo no les gusta, se mantienen cara al exterior en la postura de que ellos no se oponen a la muerte, ya que es parte de haber nacido, sin embargo, es solo en apariencia, ya que si alguien no teme a la muerte, no está continuamente buscando asistencia médica.

En este punto les podría decir para animarles, que la muerte no existe, que tenemos un espíritu inmortal por ser parte de Dios, pero, claro, muchos pensarán que nadie de los que murieron han venido a contarnos lo contrario. Este es un pensamiento propio de personas ignorantes, ¿qué creen que transmitieron Zarathustra, Budha, Jesús y Mahoma?. Todos ellos nos aseguraron que teníamos un espíritu inmortal, por ser éste, parte de Dios. Recordemos también el concepto de reencarnación. La mayoría de los sabios que figuran en nuestra historia nos dicen que somos inmortales y la totalidad de los místicos, lo mismo. Siendo esto así, a quién vamos a creer, ¿a la gente corriente?, ¿a los políticos?, ¿a lo que nos dicen por televisión?.


Adolfo Cabañero

psicopedagogo y profesor de yoga

 


 

 

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